ADRIÁN MOYA O EL OLVIDO FRAGMENTADO


Aunque sonreímos de vez en cuando, todos tenemos una pesadilla de la que querer escapar. Con frecuencia, el artista, del lienzo o del olvido. Es curioso que, en un país en el que andamos a palos con la memoria histórica, tengamos tanta afición a perderla y dejemos que se difuminen las huellas de un sueño imposible como el que se produjo en Cuenca en los años 70.

Corrían tiempos de los que era mejor escapar y, fue en ese páramo aislado insolentemente elevado, donde se refugió la esperanza, aun viva, del arte español. Tal vez para tapar nuestros demonios, tal vez para despertar del desasosiego creando.

Llevo desde el 5 de septiembre, en la Galería Pilares de Madrid, expuesta a la obra de Adrián Moya, artista conquense y, sus trazos, se han fijado en mi retina hasta el punto de enmarañarla y quedar atrapados en mi memoria.

Poco que contar de su vida, más allá de un óbito de 2012 o una pequeña reseña que no olvida a su perro, eterno compañero de soledades voluntarias.

La semana pasada pasó por la galería Máximo gran amigo de Santiago Catalá, alma de Pilares, y me contó algo más de él. De como fue capaz de trasladar el vértigo de la vida al lienzo fragmentándolo en viñetas para tener algo a lo que poder sujetarse.

Hablamos de como salvaba el abismo del blanco, tras muchos días negros, dejando que el color fuera inundando el lienzo despertando de ese modo sus secretos. Me contó de sus exilios, de las ausencias, de sus silencios.

Hablamos de Cuenca, convertida en los años 70 en la mejor metáfora del aislamiento. Donde, a la sombra de la excepción que, en un país pardo y dormido, supuso la creación del Museo de Arte Contemporáneo, germinó una de las mejores canteras de creación artística que se haya dado en España en los últimos 50 años.

Del “Grupo de la Merced” amparado en aquellos días por la Biblioteca del museo, los estudios del Asilo o el taller de grabado de Museo Provincial de Cuenca del que participaban también Bonifacio, Moset, o Laguna, y que supuso el caldo de cultivo de la poética que transita por la obra de Adrián Moya.

No hay que irse más lejos ni buscar en enciclopedias, esas tierras son los suficientemente ásperas y profundas para que nazca y enraíce un movimiento artístico.

Moya seguirá desafiando al vacío del olvido en la galería Pilares porque sus lienzos son capaces de invadir para siempre la memoria y los vértigos del que los contempla.

Inmaculada del Rosal mediados de octubre de 2015

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